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Sentimientos de culpa


El sentimiento de culpa es una de las emociones más perjudiciales y destructivas que podemos experimentar, tanto, que incluso se puede decir que nos esclaviza.
Nuestro comportamiento se basa en una serie de normas que hemos interiorizado desde la infancia ya sea porque nos las han enseñado (familia, escuela, religión) o porque las hemos hecho nuestras a base de verlas a lo largo de nuestra vida (hay que obedecer sin rechistar, el trabajo es lo primero). Muchas de nuestras normas internas a menudo suelen ser bastante rígidas o exageradas y a pesar de que ya no nos sirven las seguimos manteniendo en lugar de modificarlas.
La culpa viene, por tanto, cuando somos incoherentes con nosotros mismos, cuando nos alejamos de los valores que rigen nuestra vida.
Mirando hacia atrás en el tiempo todos reconocemos haber hecho algo de lo que sentirnos culpables, pero en ese momento de nuestra vida actuamos con los conocimientos, herramientas y capacidades que teníamos. No podemos juzgar una acción del pasado con lo que ya sabemos en el presente. Además, el hecho de estar siempre mirando hacia atrás reprochándonos algo no trae nada positivo, más bien al contrario, porque nos sume en la pasividad, nos deja a merced de otras personas o situaciones y nos dificulta responsabilizarnos de nuestra propia vida.

En las ocasiones en que los sentimientos de culpa son muy intensos pueden incluso provocar síntomas físicos como sensación de presión en el pecho, dolor de cabeza, dolor de estómago y tensión en cuello y hombros. Además, hay que sumar los síntomas emocionales como son la agresividad hacia uno mismo en forma de reproches, crítica excesiva y desvalorización personal.

Las personas más proclives a experimentar sentimientos de culpa constantes tienen un patrón de pensamiento:
- Polarizado: no existe término medio (las cosas son buenas o malas).
- Rígido: normas estrictas que han de cumplirse siempre y bajo cualquier circunstancia, sin excepción.
- Perfeccionista: alto nivel de exigencia en todo lo que se hace.
- Negativo: se da más importancia a lo negativo sin tener en cuenta los aspectos positivos de las situaciones.

Las personas manifiestan la culpa de diversas formas:
- Hay quien se siente culpable por todo lo que sucede, incluso si no es responsabilidad suya.
- Hay quienes eluden su responsabilidad individual y le echan la culpa de todo a los demás.
- Los hay que piensan que la culpa es de las circunstancias y por tanto nadie es responsable.
Cualquiera de estas tres formas de reaccionar es igualmente negativa, ya que no permite que asumamos la responsabilidad que nos corresponde o por el contrario, la exagera.

En muchas ocasiones es normal vernos atrapados por la culpa por haber actuado de forma contraria a nuestros valores o por haber causado un daño real en otra persona, pero el problema no es sentir la culpa, sino en cómo manejamos estos sentimientos para que salga lo positivo de la situación. Para ello podemos:
- Adoptar una postura más flexible, dejando de lado el pensamiento rígido y polarizado. Hay que tener en cuenta que en la vida se dan multitud de situaciones que hacen necesario "romper las normas" para adecuarnos a las circunstancias del momento.
- Asumir la responsabilidad que nos corresponde sin ir más allá. (p.ej.: una madre trabajadora se siente culpable porque su hijo ha sufrido una caída en la guardería y ella no estaba a su lado. Hay que entender que los accidentes, como tales, no son previsibles y que ella tiene que trabajar para mantener su casa.)
- Subsanar el error: todos cometemos errores alguna vez y si ha habido alguno por nuestra parte, lo adecuado es tratar de corregirlo (p.ejem: pedir perdón a la persona dañada) y aprender de la experiencia para situaciones futuras,  no sumirnos en el inmovilismo y la pena sin buscar soluciones.
- No tratar de complacer siempre a todo el mundo. Vivir nuestra propia vida asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, pero sin someternos a voluntades ajenas ni chantajes emocionales.